Por Juan Carlos Céspedes (Siddartha)
En cierta ocasión, según cuenta el argentino Roberto Curto en el prólogo del libro “El Arte de los Maestros Zen” de Tao Yuang, una dama muy bien vestida se acerca al gran Louis Armstrong y le pregunta:
─ ¿Qué es el jazz, señor Armstrong?
Y éste sabiamente le responde:
─ Señora, si necesita preguntarlo, nunca lo sabrá.
Siempre he pensado que la poesía es indefinible, no importa que cada poeta tenga su versión, pues es natural y comprensible que hagamos intentos para no ir tan perdidos en un mundo donde cada día abunda mayor información, mayor tecnología, pero también más soledad. No en vano el escritor español Pío Baroja decía acertadamente: “El hombre poetiza todo lo lejano”.
En verdad, para quienes les gusta y sienten la poesía, es fácil saber lo que es. Pero cuando la tienen que explicar, comienzan las palabras que van y vienen sin gran trascendencia.
Una vez el pianista de jazz Bill Evans, conocido como el poeta del piano, dijo: “Intentar definir el jazz es como intentar definir al Zen: en cuanto dices qué es, ya estás equivocado”. Yo me apropio de estas deliciosas palabras del maestro Evans para aplicarlas a la poesía.
Y si ya es complicado definir la poesía, cuanto más el erotismo. Buscando auxilio en los grandes de la literatura, Octavio Paz, ese hermano mayor, decía: “Erotismo y poesía: el primero es una metáfora de la sexualidad, la segunda una erotización del lenguaje”.
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