Cuando era niño y todavía tenía un Dios, yo oraba

para que nunca se muriera, y cuando le contaba mis temores
ella reía hasta que los ojos se le hacían lluvia.
La llama de la vela haciéndole un agujero a la noche…
Ella ocupaba su lugar en el centro…
No había hecho que pasara desapercibido a su mirada.
Su presencia le daba sentido a la pequeña vida que se escondía detrás de las cosas.
La llama de la vela dudaba, parecía extinguirse,
pero de nuevo estaba allí, haciéndole un profundo hueco a la noche.
Ahora su lugar está vacío.
Los fantasmas bostezan mientras la llama parpadea.
Dijo que cuando muriera, ella estaría en mí…
Era tan joven que no comprendí que estamos hechos de muertos.
Escritor y poeta Edisson Duarte (Colombia) GF
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