COMPARTIENDO LA PIEL CON UN DIVÁN ROJONo sé qué tiene tu mirada que vive caliente, o en qué consiste el milagro que cu

ando despierto, me encuentro compartiendo el mismo espacio contigo. Sé que con tu piel puedo sobrevivir a las heladas del invierno o que simplemente me puedo embriagar con el amor que destilan tus labios, como un vodka afrutado de fresas, melocotones o mangos. No sé qué respuestas se pueden descubrir mendigando caricias o mimos por los bares o en las discotecas, si después se tiene que andar cabizbaja; no sé porqué buscamos con ansiedad involucrarnos, con el desencanto amargo y la testarudez que nos brindan las relaciones intrascendentales; eso es como sentarnos en el puente con los pies al aire a ver pasar las aguas como si fuesen el tiempo. Sé que nuestra tierra es fértil para las muertes violentas, pero hoy ¿Cuál no lo es? La sinonimia de las caricias y de los besos me enseñaron, que dama y hembra a pesar de ser sinónimas, como desvestirse o desnudarse, son diferentes; una dama se desviste y una hembra se desnuda; es como desnudar a una rosa o el esplendor que esconden los dientes de un oriental cuando sonríe como un poco de arroz. Vivimos entre absurdos rebuscando respuestas como quienes se preocupan por lo que pueda encontrarse en los fondos de nuestras almas vacías; vivimos harapientos como las ovejas, pero ni siquiera nos inmuta la navidad negra que pasan los desahuciados, que pasan noches sin remansos y siglos en esas horas eternas; ni siquiera estoy seguro de ser yo quién piensa y escribe; no sé si todos vemos y escuchamos a las mismas estrellas o si hay lugares de los que se avergüenza Dios de haberlos creado; a veces despertamos y ya somos otros; a veces creo que lo mejor es no esperar o aguardar por nadie, para que la tristeza se deslice sobre nuestra piel, como si fuera un tobogán; la vida no es una buena amiga para todos y menos cuando se ensaña con los enfermos terminales que padecen; nunca sabré dónde empieza o termina nuestra tragedia humana; ni siquiera sabemos a ciencia cierta para qué venimos a este mundo o qué sentido tiene enamorarnos de la vida; a veces pienso que un suicida no es más que un soñador que intentó realizar hasta el último de sus sueños.
Escritor y poeta Héctor Cediel (Colombia)
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